> Este escrito es elaborado por un compa que se encuentra en la penitenciaria
la picota.Es un poco largo pero te pedimos que te tomes el esfuerzo de que lo
leas y difundas. Si deseas mandarle cartas de solidaridad envialas a los
correos electronicos:
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floresmagon_cna@yahoo.com /
alekospanagulis_cna@hotmail.com > LIBERTAD ES ACCION!!!! ABAJO LOS MUROS DE LAS PRISIONES!!!
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> El Estado y la cárcel –“Una bodega humana”-
> El Estado y la utilidad de las cárceles.
>
> Más de seis meses han pasado desde mí llegada a este lugar, pero igual
podrían ser más de seis días o seis lustros, pues un día sucede a otro sin
ninguna diferencia, sin saber a ciencia cierta si es un día menos de los que
tendré que vivir acá o si es un día más de los que tendré que morir acá. La
cotidianidad en este espacio-tiempo lo defino como vertiginosa quietud, pues
se vive el afán de quien nada tiene que hacer más que esperar, y parece que
la dialéctica de la vida entrara en un marasmo eterno, en un estado
catatónico profundo.
>
> Entonces se reflexiona acerca del sentido que tiene y ha tenido el
estar acá, y la única respuesta a la que se llega es que mi paso por acá no
tiene sentido, que tampoco lo tiene el de ninguno de los seres humanos que
acá convivimos.
>
> Queda preguntarse entonces, para que o para quién es útil que miles de
vidas humanas se consuman día a día en esta lúgubre rutina. L a respuesta
parece sencilla, si el Estado es el que históricamente construyó este lugar,
si él es el que cada año invierte esfuerzos humanos y económicos en preservar
lo que ya existe y en construir otros cada vez más grandes, entonces es al
Estado a quien este lugar presta utilidad; pero, ¿ que utilidad presta?
>
> Una primera posibilidad teórica es que, como en la novela de
Dostoiesky “crimen y castigo”, sean causa y consecuencia, entonces la cárcel
será el sitio donde el criminal reciba “justo y merecido castigo”.
>
> La efectividad de dicho castigo reside en que quien lo sufre sea
persuadido de manera tal que no desee reincidir en su perniciosa conducta, y
en que quienes lo han recibido lo vean temor suficiente para no realizar acto
alguno que merezca tan indeseable suplicio.
>
> Sin embargo para que esto suceda es premisa que dicho castigo sea
percibido como “justo” y que la autoridad desde la que se impone sea
reconocida como “legitima”. Vemos que quien impone dicho castigo es el juez
administrando justicia en nombre del Estado; que los ciudadanos piensan, con
razones de sobra, que los funcionarios que dictan y los que hacen cumplir las
leyes son corruptos y sus decisiones están atravesadas por innobles
intereses, además los ciudadanos ven el Estado como un aparato burocrático
poco eficiente y al servicio de un muy exclusivo sector de la sociedad.
>
> Entonces tendremos que la “justicia” del castigo y la “legitimad” de la
autoridad no se cumplen, razones por las cuales se explica que el 70% de
quienes caen presos reinciden, y que el común de quienes delinquen no
encuentran, en el temor al castigo, razón para no hacerlo.
>
> En estas condiciones el castigo termina carente de contenido,
convirtiéndose en un ritual sin sentido, donde los excesos de forma
(mecanismo jurídico, procedimientos legales, instituciones represivas)
intentan esconder la ausencia de contenido (función socializadora del
castigo). Caemos en un rito banalizado, donde los actores juegan una farsa
mintiéndose continuamente, donde jueces y carceleros sin ética reprimen
a “delincuentes”, sin que haya en ninguna de las partes interés en que el
acto se cierre.
> Exploremos ahora otra perspectiva: la de la cárcel como institución
disciplinadora, espacio donde los individuos que no han sido reglados por las
escuelas, las iglesias y los ejércitos, son recluidos para que aprendan los
patrones de comportamiento necesarios para una vida “social productiva”
>
> Para esto es necesario que el establecimiento cuente con un reglamento
que determine con precisión qué, como y cuando se debe y se puede hacer; y
qué, como y cuando no se debe hacer; los premios y castigos correspondientes
al buen o mal comportamiento; y las estrictas rutinas cotidianas. Entonces,
así como los colegios cuentan con un manual de convivencia y los ejércitos
con unas normas de comando y un régimen particular interno, la cárcel debe
contar con un reglamento acorde a su realidad y función.
>
> Esta perspectiva, vista desde la cotidianidad del lugar en que me
encuentro, no resiste su confrontación en la práctica. Al llegar a este penal
no se me hizo conocer reglamento alguno, la guardia no me informó acerca de
las normas de comportamiento, ni por escrito ni de manera verbal, no supe
que se debía hacer ni de los mecanismos de regulación de las relaciones
entre los internos, y entre estos y la guardia, no supe acerca de las
dependencias administrativas y sus funciones, parece que todo se diera por
sobreentendido, que uno ya debiera saberlo todo acerca de la cárcel y su
funcionamiento. Fueron los mismos internos los que me informaron acerca de
unas mínimas normas de convivencia y de las sanciones que su infracción
implica; pero estas normas no son institucionales, son el esfuerzo de los
reclusos por convivir de la mejor forma posible, aunque la mayor parte de
estas normas se quedan en palabras y se termina viviendo en permanente
ambiente de tensión y zozobra. Por
> ejemplo, se supone que esta prohibido portar “platinas” (cuchillos
artesanales), sin embargo muchos internos las tienen y no hay quien tenga la
autoridad y la fuerza para hacer cumplir esta norma, ni siquiera la guardia
logra hacerlo, pues más tardan en quitar una “platina” en una de las
esporádicas requisas, que los internos en conseguir una nueva, más grande y
peligrosa que la perdida.
>
> Otro aspecto que hace de una institución disciplinadota un instrumento
eficaz de control, son los horarios estrictos que hacen que los individuos
tengan un ritmo de vida controlado permanentemente por el reloj y terminen
esclavizando a el recluso. Saber con exactitud qué se debe hacer con cada
hora, cada minuto de nuestro día, crea el hábito de la dependencia,
aplastando la individualidad y destruyendo la posibilidad de darle rienda
suelta a la creatividad a cada uno de nuestros impulsos vitales. Pero esto
tampoco se da en este penal, nos podemos levantar a la hora que queramos,
podemos dormir en cualquier momento del día, podemos asearnos o no, podemos
hacer artesanías igual que pasar el día jugando parques. Incluso las
actividades institucionales no tienen tiempos definidos, un día hacen el
conteo a las 7:15 am y al siguiente lo puede ser a las 9:00 am, un día se va
a estudiar a las 8:00 am, el siguiente a las 8:20am, luego pasan dos o tres
días sin clases; un día nos
> reparten el almuerzo a las 9:00 am, otro a las 10:30am, pero igual uno
puede ingerirlo a las 12:00 m o simplemente tirarlo a la basura; un día
llaman a talleres a las 8:30am, al siguiente lo hacen después de repartir el
almuerzo, o simplemente no llaman.
>
> Podríamos entonces pensar que al no haber unos horarios estrictos, los
internos tendríamos algún momento para utilizar la “libertad” del tiempo de
manera constructiva, que podríamos, libres de los afanes cotidianos de
afuera, crear y recrear una vivencia colectiva, pero esto es imposible
porque, si bien no hay horarios, el uso que demos a nuestro tiempo no depende
de nosotros, si un día uno decide sentarse a leer, en el momento justo en que
más lo disfruta, llaman a una reunión en educativas; si una noche estamos
conversando acerca de lo humano y lo divino, en el punto más álgido de la
controversia oímos la voz del guardia llamando a conteo frente a las celdas;
si se planea tallar un hermoso caballo para regalarlo a la compañera, el día
destinado a darle el toque final , no llaman a talleres; si un interno se
esmera en escribir un poema para un taller de literatura, el taller se
cancela sin motivo alguno. Entonces terminamos esclavos de algo peor que los
horarios, somos esclavos
> de la “rutina de la no rutina”; sabemos que finalmente siempre hacemos lo
mismo pero nunca sabemos cuando y como lo vamos a hacer, así que terminamos
haciendo todas nuestras actividades con un solo fin; que el tiempo se consuma
lo más rápido posible, sin aprovechar de manera alguna nuestra capacidad
creativa.
>
> El discurso moderno del Estado social de derecho, plantea la
responsabilidad del Estado en los comportamientos criminales, por no
habérsele garantizado los mecanismos apropiados al individuo para su
inserción positiva en la sociedad. Entonces la cárcel más que un escenario
represivo, sería el espacio donde el establecimiento construiría las
herramientas que le permitan saldar su deuda con el individuo,
resocializándolo y asegurando su inserción en la vida social y productiva.
>
> Puedo analizar esta tesis a la luz de la realidad de este centro
penitenciario, pero parto aclarando que guardianes y funcionarios me han
manifestado en varias oportunidades que el INPEC (Instituto Nacional
Penitenciario y Carcelario) no está en absoluto interesado en nuestra
resocialización; así que es poco lo que se puede esperar de este análisis.
>
> Para que se de un eficiente proceso de resocialización, la ONU recomienda
un primer paso a saber; una adecuada clasificación de los internos que tenga
en cuenta sus características socioeconómicas y sus delitos, para
distribuirlos en el penal de manera organizada y para desarrollar el
tratamiento penitenciario según las necesidades de cada interno. Sin embargo,
acá no se nos clasifica de manera alguna y convivimos en un mismo patio
hombres de todas las características e incursos en toda la gama de delitos
que contempla el código penal, y solo a partir de los actos de violencia
ejecutados por los internos contra los “violos” (acusados de crímenes
sexuales) se ubicó a estos últimos en un patio aparte donde conviven con los
internos de la tercera edad.
>
> Después debería organizarse el estudio y el trabajo, partes fundamentales
del proceso resocializador, a partir de la misma clasificación teniendo en
cuenta el nivel de escolaridad y las aptitudes individuales, así como la
profesión u oficio ejercido por el interno antes de su captura, e incluso si
es habitante del campo o la ciudad. Pero en este reclusorio encontramos
personas que no saben sumar fraccionarios asistiendo a clases de cálculo para
once grado, vemos internos sin mayor capacitación académica o pedagogía
como “instructores” de sus compañeros, o internos que brindan “asesoría
jurídica” sin nunca haber cursado un semestre de derecho. En el área laboral
no hay programas de capacitación adecuados y casi el único trabajo es
ebanistería, en el que encontramos a hombres de todas las extracciones,
laborando indistintamente, no como parte de su resocialización sino como
única forma de rebuscarse unos pesitos mientras se mata el tiempo.
>
> Llego a una encrucijada, pues ninguno de los planteamientos sobre los que
he reflexionado muestran el para que de la cárcel, no explican la utilidad
que presta al Estado esta institución, y menos aún justifican que año tras
año se gasten millones de dólares en mantenimiento y construcción de centros
de reclusión en todo el país.
>
> Una noche viendo un informe que presentó RCN sobre los colombianos
detenidos en cárceles ecuatorianas escuché a un recluso llamar a la
prisión “Bodega humana”; este concepto ha rondado mi cabeza desde ese día,
como posible explicación para la situación que vivimos en este lugar, así que
lo desarrollaré a continuación.
>
> Una bodega es un espacio cerrado, un espacio que limita la interrelación
entre el “adentro” y el “afuera”; ya sea para proteger lo que está al
interior, como los “cuartos fríos” o para separarlo del exterior por ya no
ser viable en su funcionalidad, como el cuarto de “San Alejo”.
>
> En el primer caso se busca que cierto stock de mercancía esté en
condiciones óptimas mientras llega el momento oportuno para que entren al
circuito económico; en el segundo caso objetos que han sido útiles o
importantes en algún momento, y que ya no lo son, son guardados sin mucho
cuidado por su pertenencia, mientras de pronto los volvemos a necesitar, y
aunque se piense que es mejor botarlos se mantienen ahí dejando que el tiempo
y el ambiente nocivo los deteriore.
>
> Esta cárcel es una bodega del segundo tipo, somos como objetos inútiles,
pues nuestros comportamientos no son social ni económicamente funcionales
para el Estado, somos hacinados en este “cuarto de San Alejo” hediondo, frío
y húmedo, sucio, esperando que sus paredes viejas y descascaradas, que su
arquitectura decadente y desordenada, que su abrumadora tristeza nos destruyo
los deseos de vivir, ya que escrúpulos burgueses le impiden al aparato
estatal deshacerse de nosotros de una sola vez y para siempre.
>
> Sin embargo esta no es una bodega cualquiera, pues al alojar en su
interior a seres humanos, también es obligada a soportar las relaciones
sociales que estos implican. Así al pesado ambiente físico de las
instalaciones, se suma el pesado ambiente social de las relaciones; a la
corrupción que cada uno de nosotros trae de afuera, al llegar aquí se suma
la de los otros habitantes, tanto internos como guardianes y funcionarios,
creándose así un putrefacto ambiente social que descompone a todos y cada
uno de los que acá sobrevivimos. Cualquier posibilidad de afecto, de
honestidad, de solidaridad, de dignidad, es consumida por las fuerzas
degradantes de relaciones sociales basadas en el autoritarismo, la violencia
y el engaño.
>
> El resultado de este doble proceso de corrupción, producido por el
ambiente físico y por las relaciones sociales, es un profundo resentimiento
que se refleja en el total desapego a los más básicos valores humanos y en la
incapacidad de construir alternativas individuales o colectivas que rompan
con la marginación a que son sometidos los internos durante su reclusión y
aún después de salir del penal.
>
> Esta es la real utilidad que estas “bodegas humanas” prestan al Estado,
pues así se mantiene la sociedad fraccionada, se refuerza el sentimiento de
marginación y de frustración, y se justifica la existencia de los mecanismos
y de los aparatos de represión.
>
> Sin embargo, si día a día son más los individuos que ingresan a las
cárceles, por no ser funcionales para el Estado, cabe pensar que tal vez la
realidad sea que día a día el aparato estatal se hace menos funcional para
los individuos y, consecuentemente, para la sociedad. Por lo tanto, nuestra
tarea no es transformar la realidad carcelaria para humanizarla y hacerla
resocializadora, sino destruir el Estado hasta su cimientos y crear una
sociedad libertaria para que la cárcel se convierta en una institución
innecesaria, en un triste recuerdo de la miseria y la explotación.
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> PRESO POLITICO
> CARCEL LA PICOTA
> BOGOTA
> MARZO/2006
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